Caspar David Friedrich - Artes & contextos

Caspar David Friedrich: paisajes alegóricos

29 Outubro, 2019 0 Por Artes & contextos

Nacido en 1774 en la región báltica de Pomerania, el pintor se formó en la universidad de su ciudad natal, Greifswald, y en la Academia de Copenhague donde tuvo como profesores a Nikolai Abilgaard y Christian August Lorentzen, el mejor vedutista escandinavo. En 1798 se traslada a Dresde, ciudad en la que residirá hasta su fallecimiento en 1840. Unos años después de su muerte, su fama se fue disipando hasta que en el siglo XX fue reconocido por los artistas de la vanguardia. Sus obras, que muestran el valor romántico de lo sublime, ilustran cielos tormentosos, nieblas matinales y ruinas góticas

De Pomerania, la región de la costa báltica que atraviesa el río Oder, proceden los dos pintores más destacados del romanticismo alemán: Phillip Otto Runge (1775-1810) y Caspar David Friedrich, que nació el 5 de septiembre de 1774 en Greifswald, ciudad portuaria de de origen medieval, ligada a la fundación cisterciense de Eldena y vinculada a la Hansa. Hay que recordar que la Pomerania occidental formaba parte desde 1648 del reino de Suecia y no sería hasta 1815 que se incorporaría a Prusia.

Es curioso que precisamente en la década de los setenta del siglo XVIII nacieran los tres representantes más importantes del paisajismo romántico, Turner en 1775 y Constable al año siguiente, una tríada de pintores que transformó en el cambio de esa centuria la pintura de paisaje, aunque el pomerano nunca entró en contacto con la obra de los dos británicos.

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Sobre estas líneas, Retrato de Caspar David Friedrich, por Gerhard von Kügelgen, h. 1810-20, óleo sobre lienzo, 53,3 x 41,5 cm, Hamburgo, Kunsthalle. Arriba, Monje a orillas del mar o Monje junto al mar, por Caspar David Friedrich, h.1808-10, óleo sobre lienzo, 171,5 x 110 cm, Berlín, Alte Nationalgalerie.

Friedrich era el sexto de diez hermanos de una familia de artesanos pequeñoburgueses y en la que estaba muy arraigado el puritanismo protestante. En 1790 ingresa en la universidad su ciudad natal, donde Johann Gottfried Quistorp (1755-1835) le impartía clases de dibujo y color y del que recibió una sólida educación en lo que se refiere a los procedimientos artísticos, como, por ejemplo, sus conocimientos de dibujo de arquitectura que le sirvieron a Friedrich para varios proyectos que llevó a cabo en su posterior trayectoria.

Una preparación artística que le permitió desenvolverse con seguridad durante su etapa de estudios en la Academia de Copenhague, que comenzó en 1794 y finalizó en 1798. Una academia gratuita y por la que pasaron en su etapa de formación muchos artistas del romanticismo alemán, antes que Friedrich, el escultor Thorwaldsen y A. J. Carstens, y después, Runge Kersting y Dahl, autores próximos a Friedrich. Hay que resaltar, además, que Copenhague tenía ya por esa época fama de ciudad tolerante y receptiva a las innovaciones. Entre sus profesores destaca Nikolai Abilgaard (1743-1809), que practicaba una pintura de elocución épica; Jens Juel (1745-1802) y Christian August Lorentzen (1740-1828). Este último no solo era especialista en el género de la veduta, al que imprimía un notable marchamo sentimental, sino el mejor vedutista escandinavo de la época. Por su parte, Juel además de dedicarse al retrato y escenas realistas también fue un paisajista muy innovador y muy atento a los valores naturalistas del campo danés.

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El caminante sobre el mar de nubes, por Caspar David Friedrich, h. 1817, óleo sobre lienzo, 98 x 74 cm, Hamburgo, Khunstalle.

Friedrich no escapó a la influencia de estos autores como se puede comprobar en su obra más vacilante y veleidosa de su juventud y, sobre todo, de Juel aprendió la técnica a lo holandés, del paisaje al óleo basado en la paciente superposición de veladuras y barnices, que Friedrich practicará a largo de su vida. De la etapa danesa solo se conservan algunos dibujos, acuarelas y bocetos de diversa calidad que nos dan información sobre los modos de aprendizaje y gustos al uso en la ciudad báltica, como, por ejemplo, el dibujo preciso de contornos, requisito en la formación artística de la academia danesa.

Traslado a Dresde

En la primavera de 1798, Friedrich regresa a su ciudad natal y en otoño emprende un viaje a Dresde, ciudad en la que se establecería. La capital del Electorado de Sajonia ocupaba, desde el punto de vista económico y cultural un lugar destacado en Centroeuropa y contaba con excelentes colecciones de pintura. Y precisamente este aspecto fue decisivo, como explicaba el pintor, para elegir Dresde, por “la cercanía de los más valiosos tesoros artísticos y la hermosa naturaleza”. A la Academia de esta ciudad acudía el pintor a tomar clases de modelo y para contactar con los artistas, entre los que abundaban los paisajistas. A partir de 1816, Friedrich comenzaría a impartir clases en esta Academia fundada en 1764 y dirigida por Christian Ludwig Hagedorn. En esta escuela tuvo un gran desarrollo el paisaje y la veduta sajona (zona montañosa cercana a Schandau, los Elbsandsteingebirge), que tomaba por tema la montaña alpina y donde se exaltaba los valores de lo fantástico, lo bizarro, lo sorprendente e, incluso, lo sublime. Friedrich frecuentaba esa zona y la de los colindantes Montes Metálicos para sus estudios del natural. En lo relativo a la veduta pintoresca, que juega con lo caprichoso, lo ornamental y también con lo evocativo de una naturaleza siempre misteriosa y raramente accidentada, Friedrich depura en sus paisajes los componentes antojadizos en los que se recreaba el suizo Adrian Zingg (profesor de la Academia de Dresde).

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Vista de Arkona (Rügen), dibujo de Friedrich.

Los primeros años de Friedrich en Dresde no son los de un artista introducido en el círculo profesional artístico, sino que prosigue sus estudios y al tiempo imparte clases particulares, dibuja por su cuenta y llega a participar en las exposiciones de la Academia desde 1799. De 1801 a 1802 vivió en Nuevo Brandenburgo y Greifswald y viajó a la isla de Rügen repetidamente, una etapa de intensa preparación y que tiene gran importancia para el perfil de su obra inicial. Se conservan bastantes dibujos que hizo mientras recorría las Marcas, Pomerania (monumentos megalíticos) y Rügen (monasterio de Eldena), y que le servirán después para realizar composiciones muy elaboradas a la sepia con las que conseguirá sus primeros éxitos; incluso, los asuntos de sus primeros cuadros al óleo, hechos en Dresde tras un nuevo viaje a Pomerania, son también paisajes del Báltico, como Niebla, Playa con pescador y Túmulo megalítico en la nieve, todos ellos de 1807.

Dibujos a la sepia

Esto nos lleva a señalar que hasta un momento muy avanzado de su trayectoria, Friedrich se mantuvo fiel a su rol de dibujante y vedutista, de 1803 son las estampas Mujer sentada entre árboles secos y Mujer con un cuervo, junto a un precipicio, dos dibujos alegóricos de la melancolía o la desesperanza, que responden, como alguno de sus dibujos con figuras de esta misma época que no llegaron a grabarse, a los intereses de la imagen popular, del tipo de las ilustraciones para los calendarios. A su regreso a Dresde en 1803, el artista se dedicó intensamente al dibujo a la sepia, una técnica que cultivará toda su vida con extraordinaria maestría. Y precisamente con esos dibujos a la sepia alcanzará sus primeros éxitos al ser comentados muy favorablemente en las exposiciones de la Academia o cuando encuentran comprador, que fue muy a menudo. En 1805 presentó dos de estas sepias de gran formato a la exposición anual que convocaba la Asociación artística que Goethe y H. Meyer promovieron en Weimar y cuyos premios estaban muy bien considerados. Procesión a la caída de la tarde y Tarde de otoño junto al mar, pese a que no cumplían con los requisitos del concurso, fueron premiados con un galardón, eso sí, compartido y que para Friedrich ascendió a 70 ducados; en agradecimiento, el artista obsequió a Goethe con dos sepias y también le escribió para expresarle su satisfacción de que el ilustre polígrafo poseyera alguna de sus obras y les mostrara aprecio, como de hecho ocurrió. A partir de ese momento se establecerá una relación continuada al menos durante diez años, en 1810 Goethe visitará a Friedrich en Dresde y al año siguiente, se encontrarán en Jena. Otra de las sepias de gran formato, realizada en 1807, es la titulada Monumento megalítico junto al mar, que remite a la naturaleza de la costa báltica.

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Paisaje con una cantera, por Friedrich, anterior a 1800, 25,1 x 20,2 cm, Viena, Albertina.

Primeros óleos

Entre los primeros óleos de Friedrich ya encontramos también como asunto los monumentos megalíticos. Pensamos en Túmulo megalítico en la nieve (1807, Pinacoteca de Dresde). Y es que el dibujo a la sepia Monumento megalítico junto al mar anticipa sobre todo una obra de 1810 de especial significación: El monje junto al mar. Como decíamos antes, Friedrich se demorará hasta 1807 para adoptar la técnica al óleo para expresarse; entre sus primeros cuadros, además del que hemos citado anteriormente (Túmulo megalítico en la nieve) está Playa con pescador que hace pareja con Niebla (ambos en el Museo de Historia del Arte de Viena). En los dos casos el horizonte es muy bajo y la mayor parte de la superficie está ocupada por el celaje. En el segundo cuadro una espesa niebla lo invade todo, salvo la orilla pedregosa y rojiza, desde la que se ve un barco de remos y un velero medio oculto en la bruma, que impone a todo una tonalidad azul. En la orilla se distingue algún objeto, como esas chocantes muletas de la parte inferior derecha.

Lo que está claro es que esas relaciones enigmáticas nos ponen sobre aviso de que existe una intención simbolista en estos paisajes, es decir, que no presentan el paisaje solo con un carácter descriptivo. Pero, sobre todo, Niebla es un cuadro especialmente osado, no tanto por lo que dice, cuanto por lo que oculta, e, incluso, la distribución cromática es hasta temeraria, la orilla es una franja en la que priman los ocres rojizo y todo el resto son azules muy pálidos. En anotaciones del propio Friedrich se puede leer: “Cuando un lugar se cubre de niebla parece mayor, más sublime, y eleva la imaginación, y tensa la expectación como ante una muchacha cubierta por un velo. Ojo y fantasía se sienten más atraídos por la brumosa lejanía que por aquello que yace nítido y cercano ante la vista”.

Abadía en el robledal, por Caspar David Friedrich, h. 1809-10, óleo sobre lienzo, 171 x 110,4 cm, Berlín, Alte Nationalgalerie.

Poléimica Ramdohr

Un año después, pintó otro óleo, La cruz en la montaña (El retablo de Tetschen), un cuadro que desató una gran polémica en su momento pero que abrió el camino a la pintura romántica en Alemania. Una polémica liderada por Ramdohr, que critica los aspectos formales de este cuadro porque la sintaxis lapidaria y arcaizante transgrede absolutamente los modos de equilibrio visual del paisaje clasicista y porque Friedrich atentaba contra el principio mismo del decoro, esto es, de la conveniencia de un modo de hacer en relación a los atributos propios del género del paisaje. Polémicas al margen, se trata de una de las primeras pinturas en las que el artista alemán imprime su concepción del “paisaje sublime”, un nuevo estilo que será imitado muy a menudo. En palabras del poeta Heinrich von Kleist, Freidrich “otorgó a lo familiar la dignidad de lo desconocido”.

Retablo Tetscher, escena La cruz en la montaña, óleo sobre lienzo, 1807-1808, 115 x 110,5 cm, Dresde, Gemäldegalerie.

En cualquier caso, este cuadro y otros, que pintó entre 1808-1810, están entre lo más conseguido de la obra de Friedrich tanto por la calidad como por la radicalidad de las soluciones plásticas que consiguió. En julio de 1810, Friedrich, junto al pintor Georg Friedrich Kersting, viaja al sur de Dresde, donde tomó apuntes y realizó numerosos esbozos que utilizó para obras posteriores. En el otoño de ese mismo año participó con Las ruinas del monasterio de Eldena y Monje a la orilla del mar en una exposición en la Academia Berlinesa. Marie Helene von Kügelgen describía a una amiga esta última obra con palabras de verdadero espanto: “El cielo es puro e impasiblemente tranquilo: no hay tempestad, no hay sol, no hay luna, no hay tormenta: sí, una tormenta me consolaría y sería un placer, puesto que así se vería vida y movimiento en alguna parte”. En efecto, el espectador se ve privado de una experiencia de lo concreto, de un acontecer externo, y, a la vez, se le impele a interiorizar ese asunto que visualmente le es hostil. El monje junto al mar hace las veces de icono de una noción del absoluto, es imagen de un paisaje sin límites que, de algún modo, responde a la necesidad que genera la percepción de lo ilimitado con un vacío sensible. En definitiva, Friedrich construye sus paisajes para la idea, y esta logra paralizar toda gratificación sensible, de modo que las impresiones de los fenómenos que aparecen en esos paisajes, lejos de poder ser recreadas por el circunstante, son necesariamente trascendidas.

Mujer asomada a la ventana, 1822, la modelo fue su mujer, Caroline Bommer, óleo sobre lienzo, 44 x 37 cm, Berlín, Alte Nationalgalerie.

El carácter trascendente o visionario de los paisajes friedrichianos fue reconocido y, en general, aplaudido por la crítica de la época. Así, a partir de 1810 alcanza su etapa de gran éxito. Y de 1806 a 1820, el pintor desarrolla recursos estilísticos que resultan inconfundibles para casi toda su obra, si bien en momentos posteriores experimentó con algunos valores formales nuevos.

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Acantilados blancos en Rügen, 1818, óleo sobre lienzo, 90,5 x 71 cm, Winterthur, Kunst Museum.

Con cuarenta y cuatro años contrae matrimonio con Christiene Caroline Bommer, de veinticinco, que posó para su obra Mujer asomada a la ventana (1822). Friedrich cae en una profunda depresión por la situación política tras las guerras napoleónicas y, sobre todo, por el asesinato, el 27 de marzo de 1820, de su amigo y también pintor Gerhard von Kügelgen. El 7 de mayo de 1840 fallece en Dresde. Unos años después su fama, como en el caso de muchos otros artistas, se fue disipando hasta casi desaparecer; en 1915, Andreas Aubert rescata a Friedrich del olvido al publicar la primera monografía moderna dedicada al pintor. En cambio, en la pintura del siglo XX la figura del pintor ha disfrutado de una recepción muy estimulante y asombra comprobar el reconocimiento y la resonancia que ha tenido su obra entre los artistas de la vanguardia.

 


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